Por Guillermo Cravero | Opinión
Después de 39 años, un Papa volverá a pisar suelo argentino. La llegada de León XIV representa mucho más que una visita pastoral. Para quienes profesamos la fe católica, es un acontecimiento de profunda significación espiritual, pero también es una oportunidad para que toda la sociedad argentina reflexione sobre algo que, después de tantas dificultades, necesitamos recuperar: la esperanza.
No es la primera vez que nuestro país recibe a un pontífice en un momento particular de su historia, en junio de 1982, Juan Pablo II llegó a una Argentina atravesada por la Guerra de Malvinas, su presencia estuvo marcada por un mensaje de paz, en medio del dolor y la incertidumbre de un pueblo que sufría las consecuencias de la guerra. Cinco años después regresó a un país que había recuperado la democracia y buscaba consolidar una nueva etapa institucional. Aquella visita de 1987, especialmente recordada por su encuentro con los jóvenes, dejó imágenes que todavía permanecen en nuestra memoria colectiva.
Desde aquella última visita pasaron casi cuatro décadas. La Argentina atravesó crisis económicas, transformaciones sociales y desencuentros políticos que marcaron a distintas generaciones. En medio de esa historia, ocurrió algo que pocos hubieran imaginado: un argentino fue elegido para conducir la Iglesia católica, Jorge Bergoglio se convirtió en Francisco y, durante doce años, su pontificado mantuvo un vínculo singular con nuestro país. Sin embargo, el encuentro con su pueblo, tantas veces esperado, nunca llegó a concretarse.
Hoy, la llegada de León XIV adquiere un significado particular. Es el sucesor de Francisco quien viene a encontrarse con nuestro pueblo, trayendo un mensaje de paz, fraternidad y esperanza.
Como católico, entiendo que la esperanza tiene un significado mucho más profundo que el simple deseo de que las cosas mejoren, es una virtud que nace de la fe, que nos sostiene frente a las adversidades y nos recuerda que, aun en los momentos más difíciles, Dios no nos abandona. Pero esa esperanza tampoco puede ser una actitud pasiva, creer supone asumir compromisos, reconocer nuestras responsabilidades y poner nuestros talentos al servicio de los demás.
Quienes tenemos responsabilidades públicas sabemos que detrás de cada decisión existen personas concretas, familias que atraviesan dificultades y ciudadanos que esperan respuestas. Allí la esperanza deja de ser una palabra abstracta y se convierte en acompañamiento, en una mano tendida, en la posibilidad de encontrar una respuesta cuando más se necesita.
Algo similar sucede en nuestras familias. Como padres, la esperanza también está ligada al futuro que imaginamos para nuestros hijos. Queremos que crezcan en un país donde puedan desarrollarse, donde el esfuerzo tenga sentido y donde las diferencias no sean motivo de enfrentamiento permanente. Esa responsabilidad no pertenece exclusivamente a quienes ejercemos funciones públicas, es una tarea compartida que comienza en nuestros hogares, continúa en nuestras comunidades y alcanza a toda la sociedad.
La visita del Papa León nos invita precisamente a recuperar esa dimensión del encuentro, la Argentina necesita aprender a convivir con sus diferencias sin convertirlas permanentemente en divisiones. La política, la religión y las distintas miradas sobre la realidad no deberían impedirnos reconocer aquello que tenemos en común. La unidad no exige renunciar a nuestras convicciones, por el contrario, requiere tenerlas lo suficientemente claras como para comprender que respetar al otro no significa abandonar lo que uno cree. En ese sentido, el mensaje de León XIV puede ser especialmente valioso para nuestro país, su llamado a construir puentes y promover la paz nos recuerda que ninguna sociedad puede progresar verdaderamente si pierde la capacidad de escucharse.
Hay algo particularmente significativo en su visita: el encuentro con los jóvenes, con el mundo del trabajo, con quienes sufren y con quienes muchas veces permanecen al margen de la sociedad. Son gestos que expresan una Iglesia que busca estar cerca de las personas y de sus realidades cotidianas.
La llegada del Papa no resolverá nuestros problemas económicos ni nuestras diferencias políticas, tampoco debería quedar atrapada en las disputas de quienes pretendan apropiarse de su presencia o de sus palabras. Su misión es otra, viene como pastor de la Iglesia, a anunciar el Evangelio y a confirmar en la fe a sus hermanos, y desde esa misión también puede ofrecer un mensaje capaz de trascender las creencias individuales.
Como argentinos, tenemos motivos para reconocer nuestras dificultades, pero también para valorar todo aquello que somos capaces de construir, en cada comunidad existen personas que trabajan, educan, cuidan, acompañan y sostienen a otros, muchas veces sin reconocimiento y lejos de cualquier protagonismo, es allí donde encuentro una de las expresiones más auténticas de la esperanza.
Dentro de unas pocas horas, León XIV recorrerá nuestro país y miles de argentinos saldrán a su encuentro. Habrá celebraciones, gestos de emoción y seguramente palabras que permanecerán en nuestra memoria. Pero quizás lo más importante comience cuando su visita termine, cuando volvamos a nuestras casas, a nuestros trabajos y a nuestros responsabilidades de todos los días, cuando debamos transformar aquello que escuchamos en una manera diferente de relacionarnos con los demás. Porque la esperanza cristiana no consiste en creer que todo será fácil, sino en confiar en que Dios nos acompaña y nos llama a hacer nuestra parte.
Ojalá que la visita del Papa León nos ayude a renovar esa convicción y que podamos recibirlo con la alegría de nuestra fe, pero también con la humildad de reconocer cuánto nos queda por hacer como sociedad. Que después de tantos años, este encuentro nos recuerde que la esperanza de la Argentina no está solamente en aquello que esperamos recibir, sino también en lo que cada uno de nosotros está dispuesto a ofrecer.




