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Un estanque, ¿símbolo de derrota o victoria?

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Estados Unidos se enfrenta a una elección crucial, relevante como hace años no lo eran las elecciones de medio término. Y sin dudas los focos están puestos en Donald Trump y la capacidad de los republicanos de mantener bancas y continuar impulsando sus políticas de ultraderecha.

Y en medio de unas midterms tan decisivas, lo que llama la atención es la estrategia política elegida por el Presidente. Sabiendo que su popularidad se mantiene a la baja y cada vez es mayor el descontento de la población respecto a la inflación, la guerra en Irán que disparó el precio del combustible y la agenda migratoria de la Administración que contribuyó a crear un escenario de terror, Trump ha decidido hacer todo lo contrario a lo que los politólogos y expertos en campaña electorales recomiendan: ancló la contienda electoral con su figura.

Pero esto no es lo único inexplicable en esta campaña. Otro punto tiene que ver con el último discurso que dio antes de las elecciones: decidió centrarse en los arreglos tan controversiales que realizó en el estanque del monumento a Abraham Lincoln. Y este no es punto menor: al igual que el presidente argentino, Trump defiende su postura y muere con ella, incluso si esto le cuesta elecciones. Es preferible seguir defendiendo lo que se hizo mal que admitir un error.

Uno esperaría que el principal político de la mayor potencia del mundo le dediqué su último discurso a los logros de su gestión y a las políticas que vendrán así como a dar respuestas a las preocupaciones de los votantes; pero no, este prefirió centrarse en una sola obra y denigrar a sus contrincantes, como Abdul El Sayed, quien aspira a convertise en el primer senador musulmán de la historia del Capitolio en representación de Michigan.

Si Trump pierde las dos Cámaras, se sumará a las otras seis escasas veces que esto sucedió: en 1894 con Grover Cleveland de presidente; en 1918 después de la 1º Guerra Mundial; en 1946 después de la 2º Guerra Mundial; en 1954, luego de la guerra en Corea; en 1994, finalizada la Guerra Fría; y en 2006, con la paciencia al límite por la guerra con Irak. La guerra actual, podemos quizás decir, no es contra ningún país extranjero en particular sino que es contra los inmigrantes y todos aquellos que piensen distinto.

Es muy probable que tal como pasó en Brasil, los votantes elijan poner un freno a los discursos cargados de odio y parece ser un comportamiento lógico en la sociedad norteamericana si vemos los antecedentes que mencioné previamente.

Veremos mañana si un estanque pasará a ser el símbolo de la derrota del mayor líder de la derecha mundial o una bandera de la cual se sentirán orgullosos quienes lo acompañan.

Narella Boscarol Lic. en Comunicación Política Maestranda en Comunicación Política