En el escenario político contemporáneo, la pertenencia tradicional a un partido o doctrina histórica parece un recuerdo distante. De acuerdo con el análisis de la historiadora Camila Perochena —en diálogo con el medio El Litoral—, la política argentina atraviesa una profunda reconfiguración estructural caracterizada por la volatilidad electoral, la influencia de los algoritmos y el predominio de una lógica facciosa y polarizada.
Según Perochena, las lealtades históricas de la sociedad argentina hacia movimientos como el peronismo o el radicalismo han perdido su antiguo peso y pertenecen al pasado. En su lugar, el debate político actual se encuentra condicionado por ciclos más breves y dinámicas intensas.
Del «reseteo» del 2001 al fenómeno libertario
La académica sostiene que en las últimas dos décadas la Argentina experimentó dos grandes quiebres o «reseteos» en la conformación de sus identidades políticas:
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La etapa 2001-2019: Tras la crisis institucional y económica, el escenario público quedó fuertemente estructurado en torno a dos ejes contrapuestos: el kirchnerismo y el Pro.
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La etapa pospandemia (2021 en adelante): Emergió con fuerza la opción libertaria encabezada por Javier Milei, rompiendo la estructura previa e instalando un escenario de tercios que derivó en una nueva fuerza mayoritaria.
A diferencia de otros países donde la política se ha desarticulado totalmente de las plataformas ideológicas, Perochena remarca que en Argentina se preserva cierto contenido programático: la pugna entre modelos de país —más proteccionistas o más liberales— continúa presente en la narrativa de los principales espacio.
La lógica del «enemigo» y el fin del diálogo
Uno de los puntos centrales del análisis es la radicalización del enfrentamiento público. Fenómenos como el kirchnerismo y el mileísmo han reintroducido, según la especialista, una concepción de la política concebida como un juego de suma cero.
En esta perspectiva, el adversario no es visto como un interlocutor válido con quien negociar, sino como un enemigo al que se debe derrotar por completo. Esta dinámica rompe con el espíritu pluralista y consensual que caracterizó al período democrático inaugurado en 1983 entre figuras como Raúl Alfonsín y Carlos Menem.
«La política basada en consensos entre 1983 y 2003 fue excepcional: constituyó un paréntesis en nuestra historia.»
— Camila Perochena
A lo largo de la historia nacional —desde el siglo XIX hasta la Guerra Fría— han predominado los esquemas de confrontación directa. En la actualidad, la escasez de denominadores comunes es evidente: salvo temas aislados como la soberanía de las Islas Malvinas o el potencial extractivo de Vaca Muerta, resulta complejo encontrar acuerdos básicos sobre el rol del Estado, la economía, la salud o la educación.
El impacto de las redes y la volatilidad global
La imposibilidad de consolidar opciones de centro o terceras vías responde no solo a factores internos, sino también a la transformación digital de la esfera pública:
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Efecto de los algoritmos: Las plataformas de redes sociales premian el enojo, la indignación y las emociones extremas por encima de la argumentación moderada o matizada.
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Apatía y complejidad: La rapidez de los avances tecnológicos y las transformaciones del capitalismo dificultan la comprensión del entorno político, aumentando la volatilidad y la desconexión del electorado.
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Liderazgos efímeros: La adscripción política se ha vuelto lábil. Citando estudios del politólogo Gerardo Scherlis, se destaca que en América Latina cerca del 80% de las elecciones desde 2020 han sido ganadas por fuerzas de reciente creación o por la oposición, evidenciando el desgaste sistemático que enfrentan los oficialismos.
En definitiva, la política argentina enfrenta un ecosistema atravesado por la inmediatez y la confrontación, donde construir consensos duraderos se ha convertido en un desafío de difícil resolución.




