Performance enhancement drugs: qué son, para qué sirven y por qué exigen cautela
Cuando alguien me pregunta por Performance enhancement drugs, casi nunca empieza hablando de “doping”. Empieza hablando de cansancio. De no rendir como antes. De una lesión que no termina de cerrar. O de esa sensación incómoda —muy humana— de que el cuerpo se quedó atrás mientras la exigencia (deportiva, laboral o social) siguió subiendo. En consulta lo escucho con frecuencia: “Doctor, entreno igual y progreso menos”, “me cuesta recuperar”, “me siento más lento”. Y, a veces, detrás de eso hay un problema médico real que sí merece evaluación.
El punto es que el término “performance enhancement drugs” mezcla dos mundos que conviene separar con bisturí: por un lado, medicamentos con usos clínicos legítimos (por ejemplo, para hipogonadismo masculino, anemia o asma); por otro, el uso no médico de fármacos para empujar el rendimiento más allá de lo saludable o lo permitido en el deporte. Esa frontera se cruza más fácil de lo que la gente cree, sobre todo cuando hay presión por competir, volver rápido tras una lesión o “no quedarse afuera”.
En este artículo voy a explicar qué se entiende por performance enhancement drugs, cuáles son los grupos más comunes, qué condiciones de salud se confunden con “bajo rendimiento”, cómo actúan en el organismo y qué riesgos reales traen. También hablaremos de seguridad: interacciones, efectos adversos, señales de alarma y el problema creciente de productos falsificados. Sin sermones. Con datos y con sentido común, que en medicina suele ser el recurso más subestimado.
Entender el problema de fondo: cuando el “rendimiento” es un síntoma
La condición principal: hipogonadismo masculino (déficit de testosterona)
Si tuviera que elegir una condición que se confunde a diario con “bajo rendimiento”, sería el hipogonadismo masculino. No es un diagnóstico “de moda”; es un cuadro clínico en el que el organismo produce testosterona insuficiente o no la utiliza de forma adecuada, y eso se traduce en síntomas que afectan energía, composición corporal, ánimo y función sexual. A veces el paciente llega por baja libido o disfunción eréctil; otras, por fatiga persistente, pérdida de masa muscular o aumento de grasa abdominal pese a entrenar.
Lo complicado es que los síntomas son inespecíficos. Dormir mal, estrés crónico, depresión, apnea del sueño, consumo excesivo de alcohol, sobreentrenamiento o ciertos fármacos pueden dar un cuadro parecido. En mi experiencia, una parte del trabajo clínico es frenar la tentación de “arreglarlo” con una hormona y, en cambio, ordenar el rompecabezas: historia clínica, examen físico, analítica bien hecha (con horarios y repetición cuando corresponde) y contexto. El cuerpo no es una máquina lineal; es más bien un sistema con cables cruzados.
Cuando el hipogonadismo está confirmado, el tratamiento existe y puede ser muy útil. Pero cuando se usa testosterona sin indicación, el riesgo de efectos adversos y de “apagar” la producción propia aumenta. Y eso, en la vida real, termina en consultas por infertilidad, acné severo, cambios de humor o alteraciones del hematocrito. Sí, pasa. Más de lo que se cuenta en redes.
La condición secundaria relacionada: anemia (incluida la asociada a enfermedad renal crónica)
Otra causa clásica de bajo rendimiento —sobre todo en deportes de resistencia— es la anemia. La gente la imagina como “falta de hierro” y listo, pero hay varios tipos: ferropénica, por déficit de B12/folato, por inflamación crónica, por pérdidas digestivas, o la anemia asociada a enfermedad renal crónica, donde el riñón produce menos eritropoyetina. El síntoma que manda suele ser el mismo: fatiga, falta de aire con esfuerzos que antes eran fáciles, palpitaciones, mareos, recuperación lenta.
He visto atletas amateurs entrenar el doble para compensar una anemia no diagnosticada. Resultado: más cansancio, más lesiones, peor sueño. Y ahí aparece el atajo: sustancias para “subir la sangre”. El problema es que manipular glóbulos rojos sin control médico no es un juego. Aumentar demasiado la viscosidad sanguínea eleva el riesgo de trombosis, hipertensión y eventos cardiovasculares. No es teoría; es fisiología básica.
Cómo se superponen (y por qué conviene mirar el cuadro completo)
Hipogonadismo y anemia pueden coexistir, y además se cruzan con factores de estilo de vida: déficit de sueño, dietas restrictivas, estrés, consumo de sustancias, y el famoso “entreno duro pero como poco”. Pacientes me dicen: “Si me diera algo para rendir, todo se arregla”. Ojalá fuera tan simple. A veces el tratamiento correcto no es un fármaco, sino detectar apnea del sueño, corregir un déficit nutricional, ajustar cargas de entrenamiento o tratar una depresión.
Cuando el rendimiento cae, la pregunta útil no es “¿qué tomo?”. Es “¿qué está pasando?”. Esa diferencia cambia el pronóstico. Y también reduce la probabilidad de terminar usando performance enhancement drugs por fuera de la medicina, que es donde empiezan los problemas serios.
Introducción a los Performance enhancement drugs como opción terapéutica (y como riesgo)
Ingrediente activo y clase farmacológica
Dentro del paraguas “performance enhancement drugs” hay muchos compuestos. Para mantener el artículo concreto, voy a describir uno de los más conocidos por su uso (y abuso): testosterona como nombre genérico. Su clase terapéutica es la de andrógenos / esteroides anabólico-androgénicos. En medicina, los andrógenos se usan para reemplazo hormonal cuando existe déficit documentado; fuera de ese marco, se utilizan para aumentar masa muscular, fuerza o agresividad competitiva, con riesgos que suelen minimizarse.
¿Qué hace esta clase farmacológica? En términos simples: se une a receptores androgénicos en distintos tejidos (músculo, hueso, piel, sistema nervioso, aparato reproductor) y modula la expresión génica. Eso puede favorecer síntesis proteica y cambios en composición corporal. También altera el eje hormonal que regula la producción endógena. Y ahí aparece el “precio” fisiológico.
Si te interesa el enfoque deportivo y regulatorio, en la sección de Deportes del sitio solemos ampliar el tema con contexto de competencia y salud: guía de dopaje y salud en el deporte.
Usos aprobados (y usos fuera de indicación)
Los usos aprobados de testosterona se centran en el hipogonadismo masculino cuando está correctamente diagnosticado. En ese escenario, el objetivo no es “rendir más”, sino normalizar niveles y aliviar síntomas, con seguimiento clínico y de laboratorio. También existen indicaciones específicas en ciertos cuadros endocrinológicos menos frecuentes, siempre bajo supervisión.
En cambio, el uso para “mejorar rendimiento” en personas sin hipogonadismo es un uso no médico. En el deporte competitivo, además, suele estar prohibido por reglamentos antidopaje. Y en la vida cotidiana, aunque no haya un control antidopaje, el riesgo sanitario sigue ahí: supresión del eje hormonal, alteraciones cardiovasculares, problemas hepáticos (según el compuesto), cambios psiquiátricos y efectos reproductivos.
Qué lo hace distinto: duración y “sensación” de flexibilidad
Una razón por la que estos fármacos se vuelven atractivos es su perfil de duración. Dependiendo del éster y la formulación, la testosterona puede tener una vida media prolongada y efectos sostenidos durante días o semanas, lo que da una falsa sensación de control: “me lo pongo y me olvido”. En la práctica clínica, esa duración se maneja con esquemas individualizados y controles. En el uso no médico, esa misma duración complica la reversibilidad de efectos adversos y prolonga la supresión hormonal.
Pacientes me han dicho: “Me sentí invencible dos semanas”. El cuerpo, sin embargo, siempre cobra la factura. A veces tarde. A veces de golpe.
Mecanismo de acción explicado sin humo
Cómo actúa sobre el hipogonadismo masculino
En el hipogonadismo, el problema central es un déficit de señal androgénica. La testosterona exógena busca restaurar esa señal. Al unirse al receptor androgénico, influye en procesos como la síntesis de proteínas musculares, la densidad mineral ósea, la producción de glóbulos rojos y aspectos de la función sexual y el estado de ánimo. No es magia; es biología.
Ahora, un detalle que en consulta repito hasta el cansancio: la testosterona no “cura” la causa del hipogonadismo. Es un tratamiento de reemplazo. Por eso el seguimiento importa: síntomas, niveles hormonales, hematocrito/hemoglobina, perfil lipídico, presión arterial y evaluación prostática según edad y riesgo. La medicina real es menos épica que internet, pero bastante más segura.
Relación con anemia y rendimiento aeróbico
La testosterona puede aumentar la eritropoyesis (producción de glóbulos rojos). Ese efecto explica parte del “empuje” que algunas personas perciben en resistencia. En un paciente con hipogonadismo, ese aumento puede ser un beneficio clínico si existía anemia o fatiga asociada. En alguien sin indicación, el aumento excesivo del hematocrito se vuelve un problema: sangre más “espesa”, mayor carga para el corazón y riesgo trombótico.
Si el objetivo es tratar una anemia real, el abordaje correcto depende de la causa: hierro, B12, tratar sangrado, o usar agentes estimulantes de eritropoyesis en contextos específicos (por ejemplo, enfermedad renal crónica). En la sección de Generales tenemos un repaso útil para diferenciar fatiga por entrenamiento de fatiga por enfermedad: cómo evaluar cansancio persistente.
Por qué los efectos pueden durar y sentirse “estables”
La duración depende de la formulación: algunas se absorben rápido, otras liberan el fármaco lentamente. En términos sencillos, es como abrir una canilla: hay presentaciones que dan un chorro fuerte y corto, y otras que gotean durante más tiempo. Esa farmacocinética influye en picos y valles de niveles hormonales, y eso se traduce en cómo se siente el paciente: energía, libido, irritabilidad, retención de líquidos.
En mi experiencia, muchos efectos adversos aparecen cuando hay picos altos: cefalea, acné, cambios de humor, presión arterial más alta. Por eso el “más” no es “mejor”. Es, con frecuencia, peor.
Uso práctico y bases de seguridad: lo que conviene saber antes de tocar el tema
Formatos generales de uso y patrones de administración
En medicina, la testosterona se prescribe en distintas formulaciones (por ejemplo, transdérmicas o inyectables), y el esquema se individualiza según diagnóstico, edad, comorbilidades, preferencias y tolerancia. No voy a dar instrucciones ni dosis aquí por una razón simple: sin historia clínica y sin analítica, eso sería mala medicina.
Lo que sí puedo decir con claridad es esto: el objetivo terapéutico es mantener niveles dentro de rangos fisiológicos y mejorar síntomas sin disparar riesgos. Eso exige controles. En el uso no médico, en cambio, se buscan niveles suprafisiológicos. Ahí el riesgo se multiplica, y además se vuelve común el “policonsumo” (mezclar sustancias), que complica todo.
Tiempo, consistencia y expectativas realistas
Los cambios no ocurren de un día para otro. Algunos síntomas (como energía o libido) pueden variar relativamente pronto, pero composición corporal, fuerza y densidad ósea siguen tiempos más largos. Y hay días malos aunque el tratamiento sea correcto. El cuerpo es desprolijo; no sigue calendarios perfectos.
También hay un punto psicológico que veo a diario: cuando alguien deposita su identidad en el rendimiento, cualquier bajón se vive como fracaso. Eso empuja a subir dosis, sumar compuestos o ignorar señales de alarma. Si te reconocés en esa frase, vale la pena hablarlo con un profesional. No por moralina, sino por salud.
Precauciones importantes: contraindicaciones e interacciones
En seguridad, hay dos temas que no negocio en consulta. El primero: interacción/contraindicación mayor con anticoagulantes tipo warfarina. Los andrógenos pueden alterar el efecto anticoagulante y aumentar el riesgo de sangrado o de desajustes del INR. Si una persona usa warfarina, cualquier cambio hormonal requiere coordinación estrecha y controles.
El segundo: precaución con insulina y antidiabéticos. La testosterona puede modificar sensibilidad a la insulina y el control glucémico; eso obliga a vigilar glucosa y ajustar tratamientos bajo supervisión. No es raro que alguien con diabetes note cambios y lo atribuya al entrenamiento, cuando en realidad es una interacción farmacológica.
Además, hay contraindicaciones clínicas relevantes: cáncer de próstata o de mama en varones, policitemia/hematocrito elevado, apnea del sueño no tratada, insuficiencia cardíaca descompensada, eventos cardiovasculares recientes (según evaluación), y deseo de fertilidad a corto plazo (porque la testosterona exógena puede reducir espermatogénesis). Cada caso requiere valoración individual.
Señales para pedir ayuda sin esperar: dolor torácico, falta de aire intensa, debilidad súbita de un lado del cuerpo, confusión, dolor de cabeza “como nunca”, hinchazón marcada de piernas, visión borrosa repentina, o erección dolorosa y prolongada (si se están usando otras sustancias asociadas). Urgencias son urgencias, aunque sea incómodo admitir qué se tomó.
Efectos adversos y factores de riesgo: lo que la gente suele subestimar
Efectos secundarios comunes y generalmente reversibles
Los efectos más frecuentes con andrógenos incluyen acné y piel grasa, retención de líquidos, aumento de peso por cambios de composición corporal, irritabilidad, cambios en el patrón de sueño y aumento de la sudoración. También puede aparecer sensibilidad mamaria o ginecomastia por aromatización a estrógenos, algo que muchos no esperan y que genera bastante angustia.
En consulta, pacientes me dicen: “Me siento más reactivo”. No siempre es “agresividad”; a veces es menor tolerancia a la frustración. Y eso impacta en pareja, trabajo y decisiones impulsivas. Si esos cambios aparecen, no se “aguantan”. Se revisan.
Eventos adversos graves (raros, pero reales)
Entre los riesgos serios están la policitemia (hematocrito elevado), que aumenta riesgo trombótico; empeoramiento de apnea del sueño; elevación de presión arterial; y, en personas predispuestas, descompensación cardiovascular. También hay preocupación por efectos sobre perfil lipídico y salud vascular, especialmente cuando se usan dosis altas o se combinan compuestos.
En el terreno hepático, el riesgo depende mucho del tipo de esteroide: los orales 17-alfa-alquilados se asocian más a toxicidad hepática. La testosterona en sí, según formulación, tiene un perfil distinto, pero eso no la vuelve inocua. Y si se suma alcohol, suplementos “quemadores” o fármacos recreativos, el hígado queda en el medio del incendio.
Si aparece dolor de pecho, falta de aire, desmayo, signos neurológicos (debilidad, dificultad para hablar), ictericia, orina oscura o dolor abdominal intenso, se debe buscar atención médica inmediata. Sin negociar. La vergüenza no protege el corazón.
Factores individuales que cambian el balance riesgo-beneficio
La edad, antecedentes familiares, presión arterial, colesterol, tabaquismo, diabetes, obesidad, enfermedad renal o hepática, y antecedentes de trombosis cambian por completo el panorama. También lo hace la historia de cáncer de próstata o síntomas urinarios significativos. Y hay un tema que aparece cada vez más: salud mental. Trastornos de ansiedad, depresión o consumo problemático de sustancias aumentan el riesgo de uso compulsivo y de decisiones peligrosas.
En mi experiencia, el perfil más vulnerable no es el atleta profesional con equipo médico; es el amateur exigente, con poco sueño, mucho estrés y acceso fácil a “ciclos” recomendados por un desconocido. El cuerpo no distingue si el consejo vino de un campeón o de un foro.
Mirando hacia adelante: bienestar, acceso y hacia dónde va la conversación
Más conversación, menos estigma (y mejores diagnósticos)
Hablar de performance enhancement drugs sin gritos ni etiquetas ayuda a que la gente consulte antes. Cuando el tema se trata como tabú, se esconde. Y lo que se esconde se complica. He visto pacientes llegar tarde con hipertensión, hematocrito altísimo o infertilidad, después de meses de automedicación. Cuando se puede hablar, se puede prevenir.
También cambia la mirada sobre el rendimiento: no todo se arregla con química. A veces el “secreto” es aburrido: dormir, comer suficiente, periodizar entrenamiento, tratar apnea del sueño, corregir hierro, manejar estrés. Lo aburrido salva vidas. Lo espectacular suele vender, pero no siempre cuida.
Acceso a atención y abastecimiento seguro
La telemedicina y las recetas electrónicas facilitaron el acceso a evaluación, lo cual es positivo cuando se usa bien. El problema es el mercado paralelo: productos falsificados, dosis erráticas, contaminantes, y compuestos que no coinciden con la etiqueta. En noticias policiales y sanitarias aparecen cada tanto operativos y decomisos; no es folklore, es un riesgo concreto.
Si alguien está en tratamiento legítimo, la recomendación sensata es obtenerlo por canales regulados y con seguimiento. Para orientación general sobre seguridad y verificación de medicamentos, revisá nuestra sección de Tecnología aplicada a salud y trazabilidad: cómo identificar fuentes seguras de medicamentos.
Investigación y usos futuros: promesas con freno de mano
En investigación se exploran moduladores selectivos del receptor androgénico (SARMs) y estrategias para separar efectos anabólicos de efectos androgénicos. Suena atractivo, pero la evidencia clínica sólida y la seguridad a largo plazo siguen siendo temas abiertos. Además, el uso recreativo de compuestos “de laboratorio” sin control es un experimento con el propio cuerpo. Y el cuerpo, cuando se enoja, no manda avisos educados.
También hay líneas de trabajo sobre salud metabólica, fragilidad y envejecimiento, donde el rol de hormonas y anabólicos se estudia con criterios estrictos. Eso es distinto a vender la idea de “optimización” para cualquiera. La medicina avanza, sí, pero avanza con datos, no con slogans.
Conclusión
Performance enhancement drugs es un término amplio que incluye fármacos con usos médicos reales y, al mismo tiempo, sustancias usadas fuera de indicación para empujar el rendimiento. En este artículo nos enfocamos en la testosterona (andrógeno/anabólico) como ejemplo: un tratamiento válido para el hipogonadismo masculino cuando está bien diagnosticado, con controles y objetivos clínicos claros. Fuera de ese marco, el balance cambia: aparecen riesgos cardiovasculares, hematológicos, reproductivos y psicológicos, además del problema de productos falsificados.
Si el rendimiento cayó, la salida más segura suele ser menos glamorosa: evaluar sueño, nutrición, carga de entrenamiento, salud mental y causas médicas como anemia o trastornos hormonales. En mi práctica, cuando se hace esa evaluación con calma, muchas personas se sorprenden de lo que aparece. Y se sienten mejor sin jugar a la ruleta con su fisiología.
Este contenido es educativo y no reemplaza la consulta con un profesional de la salud. Si estás considerando cualquier tratamiento hormonal o tenés síntomas persistentes, buscá evaluación médica y hablá con honestidad sobre lo que tomás, incluso si incomoda.



