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La vieja receta no pierde vigencia en Santiago del Estero: Dádivas, comilonas, y bolsones a discreción

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Entre cruzadas furiosas en redes sociales, peñas con asado gratuito y la histórica entrega de chapas y vales, el folclore político volvió a encenderse en Selva y todo el mapa santiagueño.

Estamos transitando de lleno la era del algoritmo. Vivimos rodeados de analistas que nos prometen que las batallas políticas ahora se definen en TikTok, que la Inteligencia Artificial diseña las campañas perfectas y que la conversación pública es propiedad exclusiva del feed de Facebook o X.

Pero basta cruzar el límite interprovincial y meterse de lleno en las elecciones municipales que se viven en Selva y en diversos distritos de la provincia de Santiago del Estero para comprender una verdad inapelable: la tecnología avanza a pasos agigantados, pero la política territorial mantiene intactas sus costumbres más milenarias.

Redes al rojo vivo y el folklore del «voto bolsa»
En las últimas semanas, los teléfonos celulares de los vecinos no dejaron de sonar. Las redes sociales se convirtieron en una auténtica trinchera virtual donde militantes de las distintas facciones se cruzan acusaciones cruzadas de todos los calibres. Muestran capturas de pantalla, fotos borrosas tomadas a escondidas y descargan munición gruesa denunciando la histórica práctica de las dádivas.

Sin embargo, detrás de la pantalla del smartphone, el mapa real se sigue pintando con el barro de la vieja usanza. En cada pueblo y en cada barriada, el aire volvió a impregnarse de ese olorcito inconfundible a «campaña de antes»:

Comilonas populares y bailes: Grandes festivales con asado, empanadas y conjuntos en vivo, donde la invitación a «pasar un buen rato» incluye, entre copas y chamamé, el discurso de ocasión.

Mercadería y materiales de construcción: El desfile incesante de camiones repartiendo bolsones de alimentos, chapas para el techo y tirantes.

El circulante informal: Cheques con montos económicos tan diversos como dudosos, vales para cargar nafta o gasoil en la estación de servicio del pueblo, y las promesas que nunca faltan sobre una futura vivienda o la agilización de una pensión.

Esa ingeniería electoral, que parece sacada de una crónica de hace cuatro décadas donde las cosas «corrían tan fácil como la caña en una pulpería», sigue siendo el motor principal del aparato político local. Cambian los slogans, cambian los soportes digitales, pero los nombres en las listas son casi siempre los mismos y sus mañas, idénticas.

La sabiduría del votante: agarrar lo que dan y votar a conciencia
Frente a este escenario, muchos analistas de café suelen caer en la tentación del juzgamiento apresurado hacia el ciudadano común. Sin embargo, hay un fenómeno implícito que vale la pena destacar y poner sobre la mesa: el pragmatismo popular.

La gente conoce de sobra las reglas del juego. Sabe perfectamente que el político que hoy se acerca con la sonrisa dibujada, el cheque de ocasión o el bolsón bajo el brazo, probablemente tardará otros cuatro años en volver a golpear la puerta de su casa.

Por eso, en las calles de Selva y de toda la provincia se impone una máxima no escrita pero profundamente pragmática: agarrar lo que entregan, disfrutar del asado y de la fiesta, pero guardar la verdadera decisión para el cuarto oscuro.

La política tradicional cree que con una chapa o un vale de combustible está comprando un destino. Pero el ciudadano de a pie, curado de espantos tras décadas de ver pasar las mismas caras con distintas camisetas, aprendió a usar la astucia a su favor. Agarra el beneficio en tiempos de escasez, pero a la hora de meter el sobre en la urna, vota en absoluta libertad y con estricta conciencia.

Al fin y al cabo, si las viejas costumbres de la clase política no cambian, está muy bien que la gente tampoco cambie la suya: aceptar la dádiva como una pequeña reparación histórica momentánea, para después, en el aislamiento del cuarto oscuro, hacer exactamente lo que se le da la gana.

Martin Farias