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La política después de los nombres propios

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Hay momentos en los que mirar lo que sucede en un país vecino ayuda a entender mejor nuestros propios problemas. La elección brasileña vuelve a poner sobre la mesa un fenómeno que en la Argentina conocemos demasiado bien: liderazgos personales capaces de sobrevivir incluso cuando quien los encarna está impedido de presentarse a una elección.

Flávio Bolsonaro terminó primero en la primera vuelta y enfrentará en el balotaje a Lula da Silva, reducir esa elección a una disputa entre derecha e izquierda sería quedarse solamente con la superficie, lo verdaderamente interesante está detrás de los dos candidatos.

Jair Bolsonaro está preso y fuera de competencia electoral, sin embargo, el bolsonarismo sigue siendo una fuerza decisiva y encontró en su hijo una forma de continuidad política. Del otro lado está Lula, que fue condenado por corrupción, estuvo 580 días preso y no pudo competir en las elecciones presidenciales de 2018, pero años después, el Supremo Tribunal Federal anuló esas condenas al considerar que el tribunal de Curitiba no tenía competencia para juzgar aquellos procesos; además, la Corte determinó la parcialidad del entonces juez Sergio Moro en uno de ellos. Lula recuperó sus derechos políticos, volvió a competir y en 2022 regresó a la Presidencia de Brasil. Hoy vuelve a estar en una segunda vuelta presidencial. Ese recorrido no es un detalle, es probablemente una de las claves para entender lo que Brasil está mostrando a toda la región. Porque esta elección enfrenta, de alguna manera, a dos movimientos políticos que sobrevivieron a circunstancias judiciales que parecían capaces de terminar con sus principales liderazgos.

Por un lado, Lula regresó después de haber estado preso. Por el otro, Jair Bolsonaro no puede competir, pero su hijo acaba de demostrar que el bolsonarismo puede seguir siendo electoralmente competitivo aun sin su fundador en la boleta. Las situaciones judiciales son completamente diferentes y sería un error equipararlas. Pero políticamente dejan una misma enseñanza: una sentencia puede modificar el destino de un dirigente; pero mucho más difícil es hacer desaparecer la identidad política que se construyó alrededor suyo.

Es inevitable entonces mirar hacia la Argentina donde Cristina Kirchner está condenada e inhabilitada para ejercer cargos públicos. Sin embargo, continúa ocupando un lugar central dentro del peronismo y conserva una capacidad considerable para ordenar candidaturas y definir buena parte de la estrategia de su espacio.

Hasta acá intenté describir un fenómeno político, a partir de este punto me voy a permitir una pequeña dispensa propia de quien firma una nota de opinión: abandonar por un momento la distancia del análisis y explicitar desde dónde miro esta realidad.

Durante demasiados años el kirchnerismo construyó, a mi entender, una forma de ejercer el poder basada en una fuerte concentración del liderazgo, una relación conflictiva con los controles institucionales y una concepción del Estado que muchas veces confundió gobierno, partido y proyecto político. Mi diferencia con ese modelo no nace de una persona ni termina en Cristina Kirchner. Es una diferencia sobre cómo entiendo la democracia. Creo en partidos políticos fuertes, en la división de poderes, en la independencia de la Justicia, en el federalismo, en la alternancia y en dirigentes que comprendan que las instituciones están por encima de cualquier liderazgo circunstancial. Pero precisamente por pensar así creo que sería un error suponer que una condena judicial resolverá por sí sola el problema político del kirchnerismo.

Brasil demuestra exactamente lo contrario. Una condena puede impedir una candidatura, puede incluso apartar durante años a una persona del escenario electoral, pero lo que o no puede hacer una sentencia es decidir qué harán después los ciudadanos que continúan identificándose con sus ideas. Lula es el ejemplo más contundente, estuvo preso, quedó afuera de una elección y, años después de recuperar sus derechos políticos, volvió a gobernar Brasil.

El bolsonarismo parece estar mostrando ahora otra variante del mismo fenómeno: cuando el líder no puede regresar personalmente, puede intentar transferir su representación política a otro dirigente.

Y ahí aparece una pregunta que la Argentina todavía no terminó de responder: ¿Puede existir electoralmente el kirchnerismo sin Cristina en la boleta? La pregunta, en realidad, tiene un antecedente argentino bastante cercano.

En 2019 Cristina ya tomó una decisión que implicó correrse del primer lugar de la fórmula. Fue ella quien eligió a Alberto Fernández para encabezarla y reservó para sí la candidatura a vicepresidenta. Aquella jugada tuvo una lógica política evidente: Cristina conservaba un núcleo electoral muy importante, pero también generaba un fuerte rechazo fuera de él. Encabezar personalmente la fórmula podía dificultar la construcción de una mayoría más amplia. Su decisión permitió incorporar gobernadores, dirigentes peronistas que se habían alejado y finalmente también a Sergio Massa, conformando el Frente de Todos. No fue, por lo tanto, una retirada del liderazgo, fue otra forma de ejercerlo. Cristina no desapareció de la fórmula, cambió de lugar dentro de ella, conservó su capacidad de movilización y colocó en la candidatura presidencial a un dirigente que podía dialogar con sectores a los que ella tenía mayores dificultades para llegar. La estrategia funcionó electoralmente, Alberto Fernández ganó las elecciones de 2019 y Cristina regresó al gobierno como vicepresidenta. Después vendría otra historia, las enormes diferencias internas de aquella administración, el deterioro de la relación entre presidente y vicepresidenta y el resultado final del gobierno demostraron también los límites de un esquema en el que quien ocupa formalmente la Presidencia no necesariamente concentra todo el poder político de la coalición. Pero la experiencia de 2019 dejó una enseñanza que hoy vuelve a tener relevancia, Cristina ya demostró que puede correrse del primer lugar de una boleta sin correrse de la conducción política.

Ahora la situación es distinta. En aquel momento podía ser candidata y decidió no encabezar, hoy está jurídicamente impedida de hacerlo. La pregunta ya no es si está dispuesta a ocupar otro lugar, la pregunta es si puede repetir una operación semejante sin integrar la fórmula. Y ahí el caso de Flávio Bolsonaro adquiere otra dimensión, porque Brasil ofrece algo que la experiencia argentina de 2019 todavía no había probado, la posibilidad de transferir una identidad política cuando el dirigente original directamente no está en la boleta.

No es lo mismo conservar influencia que transferir votos, Cristina puede seguir teniendo centralidad, ordenar listas, intervenir en internas y conservar una militancia muy movilizada, pero otra cosa bastante distinta es lograr que las personas voten a quien ella señale como continuador sin que su propio nombre acompañe esa candidatura.

Brasil acaba de demostrar que esa posibilidad no debería ser subestimada, Flávio Bolsonaro lleva el apellido de su padre, comparte buena parte de su identidad política y construyó durante años su propia carrera, no apareció de un día para otro como consecuencia de una decisión electoral improvisada.

Esto debería interesar especialmente al peronismo argentino, pero también a quienes estamos del otro lado. Porque quienes somos críticos del kirchnerismo no deberíamos cometer el error de esperar que una sentencia judicial haga el trabajo que corresponde hacer a la política. Las ideas se enfrentan con mejores ideas, los gobiernos se reemplazan construyendo mejores gobiernos, y los movimientos políticos pierden influencia cuando aparece una alternativa capaz de representar de manera más convincente las demandas de una sociedad. Por eso la discusión no puede limitarse a preguntarnos quién heredará los votos de Cristina. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿la Argentina seguirá organizando su política alrededor de liderazgos personales o será capaz de construir una democracia donde las instituciones, los equipos y los proyectos sean más importantes que los nombres propios?

También hay una advertencia en el caso brasileño, Lula y Bolsonaro construyeron identidades políticas tan fuertes que buena parte de la discusión pública brasileña continúa ordenándose alrededor de ellos, incluso cuando uno está preso y el otro atraviesa los últimos años de una larguísima trayectoria política. Ese nivel de polarización puede asegurar supervivencia electoral, pero también dificulta la renovación. Argentina conoce bastante bien ese problema, durante años discutimos kirchnerismo o antikirchnerismo, Cristina sí o Cristina no, mientras muchos problemas concretos del país sobrevivieron a cada elección.

Tal vez el verdadero desafío para la próxima etapa sea salir de esa lógica, construir una alternativa que administre con responsabilidad, respete las instituciones, cuide los recursos públicos, promueva el desarrollo productivo y sea capaz de transformar el Estado sin apropiárselo. En Santa Fe hemos comprobado que fuerzas con identidades diferentes pueden alcanzar acuerdos alrededor de objetivos concretos y gobernar sin necesidad de construir todo alrededor de una sola persona. Ese camino resulta mucho más interesante que discutir permanentemente quién heredará el liderazgo de tal o cual dirigente.

Brasil hoy nos ofrece un espejo especialmente complejo, de un lado está un expresidente preso cuyo hijo intenta continuar su movimiento, del otro, un presidente que alguna vez estuvo preso y que logró regresar al poder. Del lado argentino tenemos una dirigente que ya experimentó una vez con la decisión de colocar a otro candidato en la Presidencia para ampliar electoralmente su espacio y que ahora, por razones completamente distintas, deberá enfrentar nuevamente la discusión sobre la transferencia de su liderazgo.

No hace falta copiar ninguna de esas historias para aprender de ellas. Quizás la principal enseñanza sea justamente la contraria: las democracias son más fuertes cuando los proyectos consiguen sobrevivir a sus dirigentes, pero también cuando son capaces de renovarse sin quedar prisioneros de ellos. Ese es el desafío que Brasil tiene delante y también, cada vez más, el nuestro.

Por Guillermo Cravero | Opinión