Los focos de todo el mundo están puestos hoy en Brasil: el país más grande de Sudamérica elige a su próximo presidente, en una elección que se vaticina reñida y con grandes posibilidades de ir a una segunda vuelta.
Más allá de los resultado de este domingo, (esta columna fue escrita antes de conocer cómo acabó esta contienda electoral), Brasil es una fotografía exacta de lo que está ocurriendo en el resto de América Latina: cada vez más construimos modelos de países completamente antagónicos y nos volvemos incapaces de reencontrarnos en las diferencias.
Los dos candidatos que se disputan el poder no sólo son diametralmente opuestos en sus personas, Luiz Inácio Lula da Silva tiene 80 años y va por su cuarto mandato como Presidente; Flavio Bolsonaro tiene 45 años y esta es su primera elección a presidente, llegando a este momento luego de heredar todo el capital político de su padre, Jair Bolsonaro; sino que también lo son en el país que sueñan para todos los brasileños.
Por un lado, Lula promete reducir la jornada laboral a 40 horas semanales sin baja de salario; sostener el aumento real del salario mínimo y los programas sociales; crear un Ministerio de Seguridad Pública y llegar a la deforestación cero en 2030. Sin dudas, todas propuestas que tocan al sector más izquierdista de la sociedad.
Flavio, en tanto, propone un «tijeretazo» al Estado, con recortes de ministerios y baja de impuestos, inspirándose en su aliado Javier Milei. Además sostiene una política de mano dura contra el crimen, ponderando la construcción de cinco cárceles de máxima seguridad al estilo de El Salvador. En este lado vemos propuestas idénticas a las que existieron en todo el resto de las derechas del Continente, sin ningún tipo de valor diferenciado.
Y también vemos, por supuesto, una visión contrapuesta en cuanto a política exterior: mientras Bolsonaro estrecha vínculos con Trump al punto de que el presidente estadounidense sostuvo que Brasil es «el campo de batalla donde se disputará el futuro del hemisferio», mostrando sin dudas el objetivo de injerencia que tienen sobre el continente; Lula respondió con la bandera de la soberanía y dijo ante la ONU: «Brasil no cabe en el patio de nadie».
Así vemos que mientras uno quiere gobernar para un sector más de izquierda y el otro para una derecha dura, se va creando un clima de polarización extrema donde el voto movido por el odio parece ser la única solución lógica. Y los números así lo explican: los niveles de rechazo de los principales candidatos son más altos que sus imágenes positivas, llegando Lula a un 48% y Bolsonaro a una desaprobación del 51%. ¿Y los otros candidatos? Los intentos por crecer en la enorme grieta entre ambos han fracasado: su intención de voto, sumada, ronda el 10%.
Es así que no importan tanto los proyectos políticos que tenga cada candidato sino únicamente acrecentar la efervescencia de las ideologías para lograr capturar el odio que genera el otro. Pero, ¿qué consecuencias tiene la polarización extrema para cualquier país?
En términos generales, podemos decir que el tejido social y el funcionamiento democrático se ven profundamente afectados, tal como vimos en el intento de Golpe de Estado en Brasil en 2022. En términos más puntuales, observamos que:
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El diálogo democrático se erosiona.
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Se incrementa la desconfianza y el conflicto social.
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Aumenta la desinformación.
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Se deterioran las instituciones democráticas.
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Se debilitan los contrapesos democráticos.
Y además hay un punto muy importantísimo que vemos actualmente en Brasil: la polarización puede derivar en una total desafección de la ciudadanía por la política. Según datos de Datafolha, el 47% de los brasileños cree que la sociedad está menos interesada en esta elección que en 2022. Además, analistas describen esta campaña como la menos movilizada desde el regreso de la democracia y, más que de apatía, hablan de «resaca»: un votante que se involucró mucho en 2018 y 2022 y ahora está cansado.
Brasil siempre fue un norte para el resto de América Latina. El desafío para nosotros, ciudadanos de otros países, será tomar la experiencia brasileña y evitar que el desencanto, la polarización extrema y la falta de apatía inunde las calles para garantizar, de esta manera, una sociedad más y mejor democrática y que la tolerancia por el que piensa distinto no sea solamente un simple deseo de buenas intenciones.
Narella Boscarol
Lic. en Comunicación Política
Maestranda en Comunicación Política




